Querida ESI
Ahora sí tengo la palabra. Hacía tiempo que la buscaba, pero la vorágine cotidiana, que nos exige ser productivas, es una corriente que arrastra las horas y rara vez deja una orilla donde detenerse. Sin embargo, tomar la palabra desde el yo es una propuesta pedagógica nueva: libera, desobedece el mandato de callar y convierte lo íntimo en un territorio que se habita y se defiende, donde la propia voz también enseña.
Y la ESI tenía una cita pendiente conmigo, sin fecha ni lugar. Iba a invitarme, en cualquier momento, a narrar, a narrarme, y eligió una hora y un sitio que yo no había previsto: me encuentra en una sala de hospital entre pasillos blancos y ruidos de máquinas acompañando a mi madre a transitar su enfermedad, la que un día despertó en su cuerpo para albergarse allí sin la expectativa de retirarse.
Aquí la dinámica del tiempo cambia abismalmente, deja de ser productivo para volverse quietud, incertidumbre y espera. Pero también abre un espacio para leer, en mi caso terminando las últimas cartas del libro de la Esi, que se presentó en un taller con Ruth su compiladora, en el IFD 2. El día que lo compré llovía en Chos Malal; se me cayó afuera, quedó cubierto de barro antes de que pudiera leer siquiera el prólogo. Rescatarlo del suelo mojado, con la tierra pegada a las páginas, me recordó que la Esi también llega ensuciándonos las manos: nos incomoda, nos duele, nos afecta, por eso mismo nos transforma.
En ese mismo taller con Ruth y Belén, durante la presentación de Cartas a quien pretende enseñar ESI, cuando nos preguntaron: «¿Dónde te encontró la ESI?». Mi respuesta fue: «La encontré con mi mamá». Ella era feminista sin saberlo, sin teorías ni nombres para decirlo: su feminismo estaba en los gestos, en la forma de plantarse frente a las injusticias, en lo que me enseñó mucho antes de que yo supiera cómo se llamaba.
Por eso le dedico esta carta a ella, mi mamá, la que me acogió de niña y me abrió el mundo: uno que, desde chiquita, ella me advertía cruel. Todavía guardo una frase suya, como quien guarda una piedra tibia en el bolsillo: «Yo tuve cinco hijas mujeres, pero hubiera querido que todas fueran varones». Yo, lógicamente, le pregunté por qué, y me dijo: «Es que las mujeres sufrimos más, no solo por la menstruación o por dar a luz, sino porque solemos someternos a injusticias». Podría cerrar la carta acá, porque esa frase dice muchísimo entre líneas, pero quiero contar quién es ella…
Mi mamá, militante de ATEN y auxiliar de servicio, llevaba encendida la memoria de la Carpa Blanca: aquella carpa plantada frente al Congreso, donde docentes de todo el país ayunaron para denunciar la desidia sistemática del Estado a la escuela pública. Con esa memoria como brújula, se despojó de los mandatos patriarcales que la habían cosido a medida: dejó por largas temporadas las tareas del hogar y el cuidado de los otros para salir a cuidar la lucha común. Tomaba prestados los camiones de mi papá para juntar sillas de escuela en desuso y gomas viejas: las sillas que ya no alojaban a nadie se volvían trincheras en los cortes de ruta. Pasaba noches de fogatas en los puentes, faros de una lucha que no se apagaba, y acampes frente a la casa de gobierno.
Yo, estudiante del profesorado de Historia a 400 km de Chos Malal, solo escuchaba muchas de esas hazañas; otras pude vivirlas de cerca cuando ella venía a la capital a alguna jornada de lucha. La más dura fue la represión de Arroyito. Nos enteramos en la facultad, entre murmullos y pantallas, de que estaban reprimiendo. El tiempo se detuvo. Una sola pregunta me latía en la cabeza: ¿y mi mamá? Ella estaba allí. Esperé sin noticias, con el corazón en la garganta, mientras la violencia ocurría lejos de mis manos. Sin embargo, le tocó a Carlos. Y ese golpe fue un antes y un después en mi vida universitaria: marché entre miles, en una marcha histórica que le gritó su dolor a Sobisch y a un gobierno asesino de maestros.
Mi mamá fue quien nos impulsó, a sus hijas, a ser la primera generación de universitarias de la familia. En la facu aprendí Historia, un relato occidental, androcéntrico y patriarcal, escrito como si el pasado solo hubiera tenido voz de varones. Un año después de recibida la UNCo lanzó el posgrado «Estudios de la Mujer y de Género», y mi profesora Nélida Bonacorsi me puso en las manos unos lentes nuevos: los lentes feministas. Con ellos, todo lo aprendido se desarmó como un rompecabezas al que le faltaban piezas. ¡Claro que estaba incompleto! Faltaba la mirada de las mujeres, y esa ausencia me hizo dudar de todo. Aquel primer gran dilema existencial fue una semilla: de ahí brotó la feminista militante que soy, dispuesta a transitar caminos rebeldes y desobedientes.
Fui profe durante diez años en la escuela media y ocho en el nivel superior, siempre en Chos Malal: un pueblo, una ciudad pequeña de unos veinte mil habitantes, rodeada de cerros y de viento. Allí las dinámicas institucionales, sedimentadas sobre cánones judeocristianos, funcionan como un sistema inmunológico: vigilan lo disidente, lo exponen y lo juzgan como una amenaza de contagio. En ese terreno, ser docente, joven y mujer no fue fácil. Las lecturas queer llegaron como un salvavidas: Sara Ahmed y Val Flores me dieron las palabras para nombrar lo que me ocurría y descubrí que la grieta no estaba en mí, sino en el suelo que pisaba.
Val Flores me hizo entender por qué un cuerpo joven era leído como contagio y había que fijarlo y volverlo obediente; Ahmed, con su figura de la aguafiestas, para entender que si por señalar el daño me convertía en el problema, entonces el problema no era yo. La ESI sacó a la aguafiestas de la soledad y la volvió proyecto: me aferré a ella para hacer justicia. No fue solo una comprensión intelectual, fue una afectación sensible algo que me conmovió y me dolió. Entendí que ese dolor no era debilidad, era una forma de conocimiento.
Ahí apareció lo erótico, no como lo entiende la escuela, sino como lo nombra Flores: una energía vital que produce imágenes, textos, rituales y lenguajes, y que anuda conocimiento y emoción. Fue un despertar, a pesar del dolor: el placer de una pregunta que abre puertas, la curiosidad que se resiste a lo dado, la vulnerabilidad de enseñar sin coraza. Al caer ese velo, ya no pude mirar el aula como antes: la ESI y el feminismo dejaron de ser contenidos que se bajan para volverse una pedagogía que pregunta, duda y transforma, un hilo que teje cada saber que enseño. Y ese hilo me llevó, de clase en clase, a comprometerme con las y los jóvenes, a dejar en cada encuentro un poco de ese despertar.
Hasta aquí mi primera carta, escrita junto a ella. Junto a mi madre, a quien miro y acaricio como quien quiere retener el tiempo, a quien le pido que nunca deje de abrigarme la infancia. Ni siquiera sabe que la pienso tanto, que la lloro en silencio, que le ruego bajito que se quede conmigo. Aunque el dolor hoy es inconmensurable, ella es y será mi única heroína en este gran lío.
Anexo
Mi nombre Cynthia Correa: soy docente de Chos Malal del Ifd N°2. Gracias Revuelta feminista por alentarnos a que hayan más cartas de la ESI!!!