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El telar colectivo: nunca se enseña a solas

Hablar de los 20 años de la ESI es hacer memoria de cada cuerpo, cada aula y cada abrazo que la sostuvo durante estas dos décadas. En esta oportunidad fuimos docentes autoconvocadas a pensar en la importancia de visibilizar esas conquistas y retrocesos, batallas ganadas y luchas que aún debemos sostener. Articulando instituciones de la ciudad, comprobamos una certeza fundamental: la ESI no se dicta desde un escritorio individual, se trama en el territorio. Y ningún telar colectivo sostiene la tela sin la presencia y la paciencia de muchas manos dispuestas a tejer.

Así nació el proyecto “20 años de ESI: una historia que seguimos tramando”, un ciclo de encuentros abiertos a la comunidad durante septiembre, con propuestas artísticas, espacios de debate y conferencias sobre género, educación, diversidad, derechos humanos, memoria e interseccionalidad. La convocatoria fue maravillosa: más de mil trescientas personas participaron, se cuestionaron, reflexionaron y se formaron. Pero no solo fueron presencias: fueron también voces diversas que se animaron a compartir sus recorridos, investigaciones y experiencias. Escuchamos a estudiantes que narraron cómo la ESI transformó sus vínculos, a investigadoras que presentaron avances sobre antirracismo, género y educación, a artistas que pusieron en escena la memoria y la diversidad, y a referentes comunitarios que nos recordaron que la trama de la ESI se expande más allá de las aulas.

Quiero resaltar al equipo que armamos para pensar todo esto, el desafío de acordar y alojar la diversidad de miradas en una propuesta viva. Allí apareció la verdadera potencia de la construcción compartida: ninguna persona tenía el hilado completo, pero juntas armamos un tejido firme, flexible y acogedor. Cada una aportó una hebra singular e insustituible: quien sostuvo la organización como madera firme del telar; quien encendió el fuego del compromiso recordando el sentido profundo; quien regaló humor en el momento justo; quien trajo dulzura pedagógica cuidando palabras y formas; y quien transformó hilos sueltos en acciones concretas, poniendo todo en movimiento.

En tiempos donde se pondera el individualismo o se percibe la diferencia como amenaza, nuestra experiencia demostró lo contrario: la heterogeneidad no fue obstáculo, sino tesoro. Aprendimos que tramar en conjunto no es borrar matices, sino dejar que cada tono y textura enriquezca el bordado final. Nos fortalecimos en la escucha y en el gesto generoso de ceder y recibir.

También aprendimos que este telar no se borda en terreno calmo. La ESI incomoda porque desacomoda mandatos y nombra lo silenciado. Las resistencias —institucionales, culturales o subjetivas— intentan deshilachar la trama, frenar la aguja o cortar el hilo. Les hicimos frente multiplicando la escucha y el abrazo, demostrando que la pedagogía del cuidado empieza por cuidarnos entre quienes enseñamos.

A quienes desean enseñar ESI, quisiera decirles: no teman a la inmensidad del desafío ni a las resistencias, siempre que recuerden no caminar en soledad. La ESI es un arte de telar: se sostiene en el cobijo comunitario, en el zurcido colectivo y en la certeza de que cuando a alguien se le suelta una puntada, siempre habrá otra mano cerca dispuesta a sostener la aguja.

Gracias por este telar compartido, por enseñarnos que en la diversidad de nuestros hilos y voces habita la versión más potente de la educación pública que soñamos.