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El silencio

Si tan solo… 

Si tan solo alguien te hubiese enseñado que podías hablar de lo que sentías… 

Si tan solo alguien te hubiese dicho que un hombre también puede tener miedo, tristeza, inseguridad o necesidad de afecto. 

Que llorar no te hace débil. 

Que abrazar no es algo que tenga que darte vergüenza. 

Que decir “te quiero” no te quita nada… 

(pero a mí me llena). 

Que pedir ayuda no es una vergüenza. 

Que aquello que duele no necesariamente tiene que permanecer en silencio. 

Imagino a ese niño que tuvo que aprender a guardarse muchas cosas… porque quizás nunca tuvo a alguien que le enseñara qué hacer con todo eso que llevaba adentro.

Alguien que le enseñara a ponerle nombre a lo que sentía, a dejarlo salir, a expresarlo sin miedo… a entender que las emociones también se pueden vivir, atravesar y compartir, y que no todo aquello que duele tiene que guardarse para siempre. 

No sé exactamente cómo fue tu infancia, ni podría decir que la conozco completamente. 

(Pero sé que hubieron cosas que te hicieron daño…)

 y…que, por alguna razón, aprendiste a callar. 

 

Pero sí… 

te recuerdo como padre. 

Durante gran parte de mi infancia no recuerdo tu cariño. 

No recuerdo abrazos, palabras lindas ni gestos que me hicieran sentir querido. 

Recuerdo, en cambio, una distancia que durante muchos años no supe comprender. 

Te tuve odio. 

Mucho odio. 

Y durante bastante tiempo pensé que ese sentimiento era todo lo que podía quedar entre nosotros. 

 

Con el tiempo, empecé a hacerme preguntas que antes no podía hacerme. 

¿Qué pasa cuando una persona crece sin aprender a expresar lo que siente? 

¿Qué pasa cuando nadie le enseña que puede hablar de lo que le duele? ¿Qué pasa cuando aprende que ciertas emociones tienen que esconderse… que el afecto tiene límites por el simple hecho de ser hombre… o que hay cosas que uno simplemente tiene que guardarse? 

 

Y entonces… apareciste vos.

Apareció la ESI. 

Y aparecí YO. 

Porque aquello que vos no aprendiste… 

no terminó en vos. 

(Llegó hasta mí, aunque vos no lo supieras… y todavía hoy estoy aprendiendo a transformarlo). 

 

No solamente en los recuerdos de mi infancia… 

sino también en la manera en que hoy me relaciono con las personas que quiero. 

Me cuesta demostrarle cariño a Dylan.

No porque no lo quiera… sino porque existen formas de afecto que no me resultan naturales. Algunas cosas se vuelven más difíciles, incómodas, extrañas. 

Y, cuando me doy cuenta de eso… 

no puedo evitar sentir el odio, la tristeza, la angustia y la injusticia… 

de reconocer que algunas cosas que vos nunca aprendiste terminaron formando parte de mí… y que todavía hoy tengo que aprender a hacerlas de otra manera. 

Y lo estoy haciendo. 

Y quizás… 

eso es lo que más me hace pensar en vos. 

Pienso también en todo aquello que aprendemos —o que no aprendemos— sobre nuestros cuerpos, nuestros vínculos, nuestras emociones, nuestros límites, nuestros derechos y nuestras formas de querer. 

En aprender que nadie puede tocar nuestro cuerpo si no queremos. 

En entender que podemos decir que no. 

En saber que pedir ayuda está bien. 

En aprender a reconocer cuando algo nos hace sentir incómodos, cuando alguien cruza nuestros límites y cuando necesitamos que alguien nos escuche. 

(Pienso en cuánto puede cambiar una vida… 

tener un espacio donde todas esas cosas puedan ser nombradas). 

 

Creo que haber tenido ESI podría haber cambiado algo de tu vida. 

No porque una clase, por sí sola, pudiera cambiar una historia entera… sino porque haber tenido un espacio donde pudieras aprender a poner en palabras lo que sentías, reconocer tus límites, pedir ayuda, entender tus emociones, cuidar tu cuerpo y construir vínculos desde el respeto podría haberte dado herramientas que quizás nunca tuviste.

Quizás, si hubieras tenido esas palabras y esos espacios cuando eras chico, habrías podido atravesar de otra manera algunas de las cosas difíciles que viviste.

Y quizás también habrías aprendido que ser un hombre no significa tener que callar, esconder lo que sentís o vivir el afecto como algo de lo que hay que avergonzarse.

Puedo imaginar que quizás hubieras tenido otras palabras para hablar conmigo. 

Palabras que quizás nunca tuviste para hablar de vos mismo. 

Otras formas de entender lo que sentías. 

 

Eso no habría cambiado todo. 

Pero… 

Habría cambiado algo. 

 

No escribo esto para justificarte. 

Tampoco para borrar el dolor que me causaste… 

ni para transformar todo lo malo en algo que pueda explicarse fácilmente diciendo que vos también sufriste. Hay cosas que dolieron… 

y que siguen formando parte de mí. 

Comprender de dónde pueden haber venido algunas de ellas… no significa hacer como si nunca hubieran ocurrido. 

 

Pero quizás… 

hoy puedo mirar nuestra historia desde un lugar diferente. 

Puedo preguntarme qué habría pasado… 

si tan solo hubieras tenido la ESI que necesitabas cuando eras chico. 

si tan solo alguien hubiese llegado antes. 

si tan solo alguien te hubiese enseñado a poner en palabras lo que sentías. 

si tan solo alguien te hubiese enseñado que cuidar también es una forma de amar… que hablar también es una forma de cuidarse… que nadie tiene derecho a pasar por encima de nuestros límites… y que expresar afecto no debería ser algo de lo que avergonzarse. 

Quizás… 

si hubieras aprendido todo eso… algo de nuestra historia también habría sido diferente. 

(Si tan solo)… 

Quizás esta carta no cambie nada de lo que pasó. 

Pero sí puede ponerle palabras… 

a algo que durante mucho tiempo permaneció en silencio. 

 

Agustín Vallejos