Querida ESI:
Estaba pensando qué decirte. Este es uno de esos tantos puntos de mi vida en los que hago el enorme esfuerzo de poner en palabras algo que se siente con cada célula del cuerpo. Esos puntos ínfimos en los que algo baja, hace sentido, te da una puntada por dentro y, sin embargo, no sabés muy bien cómo expresarlo. Cómo decirlo.
Y qué loco que mis primeros encuentros con vos hayan sido a través de la lectura, después de todo lo que implica sentirte en el cuerpo, en el tiempo y en el espacio. Hoy estoy acá, pensando qué escribir, qué transmitir desde una ESI hecha carne. Carne de un pasado y de un presente que late. Una ESI que se fue construyendo entre lecturas, sentidos problematizados, cuestionamientos internos y externos, y encuentros —no siempre cómodos— con las miradas y los sentires de otres.
La lectura, la escritura y los sentidos. Un triángulo inseparable de nuestro estar en el mundo.
Como decía una compañera en el taller «Estrategias para garantizar la ESI», en el 39º Encuentro Pluri: «La ESI vino (y viene) a realizar cambios profundos de paradigma de mundo». Puso en jaque el sistema, lo enfrentó de raíz.
En mi caso, uno de esos cambios comenzó cuando me encontré, entre tantas lecturas, con las puertas de entrada de la ESI. Con el diario del lunes, miro hacia atrás y me doy cuenta de que la educación puede ser distinta. Que también puede enseñarnos a mirar hacia adentro.
Una educación que no bancarice, sino que habilite. Que no deposite respuestas, sino que abra preguntas y nos ayude a sacar eso que ya se cuece dentro. Eso que se retuerce, que busca maravillas y que, en movimiento, intenta salir. Una educación que mueve sentidos, encuentra luces y habilita caminos posibles.
Porque esa oscuridad que tantas veces creemos llevar adentro no necesariamente es soledad. A veces, lo que nos falta es un espacio para ponerle palabras. Para reconocernos en otras historias. Para descubrir que no estamos soles.
Y ahí apareces vos, ESI.
Mirarme, hacer de esa mirada un ejercicio pedagógico, me permitió reconocer que yo importaba. Pero no desde una individualidad egoísta, aislada del mundo, sino desde el lugar que ocupo en una trama colectiva y comunitaria. Porque trabajar y estar en ámbitos educativos también implica reconocernos como sujetas, con historias, con preguntas, con contradicciones y con cuerpos que sienten. No sé si antes podía verlo así. O si, de alguna manera, lo sabía, pero todavía no encontraba cómo nombrarlo.
Vos, ESI, le diste lugar a un interior lleno de preguntas que no encontraban espacio en la educación bancaria. Después de años de recibir contenidos metidos a la fuerza, todavía me sentía vacía. Mis preguntas seguían ahí, escondidas, sin lugar dentro de la escuela y sin herramientas para salir de ella.
No había espacio para que se hicieran palabra, para que incomodaran, para que abrieran caminos.
Y, sin embargo, estaban. Siempre estuvieron.
Me atrevería a decir que en todas las historias de mi educación ha habido alguna forma de opresión vinculada con ella. Mis intervenciones, desde siempre, estuvieron atravesadas por el cuestionamiento de lo establecido, de las violencias y de las hegemonías. Y por eso chocaba, me resistía, frenaba, cuestionaba, daba la vuelta. En la familia, en las calles, en el club, en el hogar y, ni hablar, en la escuela.
En esos espacios donde aprendemos mucho más que contenidos. Aprendemos qué podemos decir, qué debemos callar, qué cuerpos son aceptados, qué preguntas incomodan y qué voces merecen ser escuchadas.
Por eso, la posibilidad que habilitas de visibilizar las opresiones que atraviesan los cuerpos y las sexualidades es revolucionaria, atrevida, irreverente. Poner en palabras aquello que se pretendía mantener en silencio es disputar sentidos. Es incomodar. Es preguntarse por qué algunas cosas se pudieron decir durante tanto tiempo sin que nadie las cuestionara y por qué otras tuvieron que permanecer escondidas.
Tengo una tendencia, quizás arraigada en mi esencia, a cuestionar lo establecido. Pero ¿Por qué? Me preguntaba en las clases de Biología de la universidad. Y la mayoría de las veces no encontraba respuestas. ¿Por qué nadie nos había enseñado a cuestionarnos? ¿Cómo podía ser que estudiáramos la vida sin detenernos a preguntar por las formas en que aprendíamos a comprenderla? ¿Cómo podíamos acumular tantos contenidos sin preguntarnos por los sentidos, las ausencias y las relaciones de poder que también los atraviesan?
De chica aprendí que cuestionar podía ser sinónimo de insolencia. Que preguntar demasiado, insistir o no conformarse con la primera respuesta podía convertirse en un problema.
Hoy entiendo y celebro a esa niña curiosa que sigue viviendo en mí. Esa niña terca, que busca, desea, explora, se equivoca y vuelve a empezar. Esa que, incluso cuando no encontraba las palabras o los espacios para hacerlo, no dejaba de hacerse preguntas.
Hoy sigo intentando abrazarla.
También intento sanar las marcas que dejaron las opresiones y las violencias de una historia familiar atravesada por profundas dificultades estructurales, producto de desigualdades que excedían a quienes las vivían. En medio de todo eso, hubo una niña que tuvo que arreglárselas como pudo.
Una niña que no necesitaba dejar de preguntar, sino encontrar un mundo dispuesto a escucharla.
Una niña más que común: simplemente curiosa.
Y pienso que ahí también hay algo de vos. En volver sobre nuestra propia historia. En encontrar otras palabras para nombrar lo que vivimos. En descubrir que algunas cosas que creíamos exclusivamente nuestras también forman parte de historias más grandes, de desigualdades que nos atraviesan, de violencias que se repiten. Y de resistencias que fuimos construyendo, aun sin saberlo.
No sé en qué momento empecé a mirar algunas cosas de otra manera. Ni si hubo un momento exacto. Supongo que no. Hay lecturas que se quedan dando vueltas durante años. Preguntas que en un momento no encuentran respuesta y que después, en otro lugar, con otras personas, vuelven a aparecer. Y algo se mueve.
Hoy, después de todo este recorrido, miro hacia adelante y reconozco cada vez más el encuentro entre vos y la Educación Popular. Juntas me enseñaron a sostener la mirada, a no dar vuelta la cara ni hacer oídos sordos frente a las injusticias y las distintas formas de opresión.
Me enseñaron que educar no es hablar por otres. Que hay que construir las condiciones para que todas las voces puedan tener lugar. Y que también tenemos que preguntarnos qué hacemos nosotras con esas voces, qué escuchamos, qué dejamos pasar, qué nos incomodan.
Porque no siempre es fácil sostener la mirada.
Después de un fin de semana cargado y movilizador en el 39º Encuentro Pluri, quiero decirte que no voy a dejar de hacerlo. No voy a dejar de mirar esos ojos que tantas veces dicen sin decir, que guardan historias, silencios, preguntas y dolores. Esos ojos con los que nos encontramos y en los que, a veces, nos reconocemos.
Creo que, por momentos, nos habíamos dejado de ver. O quizás habíamos aprendido a mirar sin detenernos demasiado.
Y vos, ESI, volviste a poner frente a nuestros ojos los miedos, las opresiones, los abusos y los silencios. Para que no tengamos que cargar solas con todo eso . Para que podamos reconocerlo, nombrarlo y construir colectivamente otras formas de habitar el mundo.
Para que aquello que durante tanto tiempo se vivió en soledad encuentre espacio para salir y explorar(se).
Y todavía me pregunto cuántas cosas nos quedan por mirar. Cuántas historias siguen esperando un espacio. Cuántas veces, aun queriendo escuchar, no sabemos cómo hacerlo. Cuánto nos falta aprender.
No quiero cerrar esas preguntas. Creo que parte de mi compromiso está ahí, justamente, en no darlas por resueltas.
Por eso, esta carta también es una forma de agradecerte. No porque hayas venido a darme las respuestas, sino porque me ayudaste a entender que algunas preguntas merecen ser sostenidas, que otras necesitan ser compartidas y que muchas solo pueden encontrar caminos cuando dejamos de pensarnos en soledad.
Acá va mi compromiso político y pedagógico de seguir sosteniendo miradas, porque vos ya me abriste los ojos.
Con amor, con agradecimiento, con más preguntas, con deseos y con las ganas de seguir transformando.
Colectivamente, siempre.
Evelyn