Yo fui a la escuela antes de que existieras. Ahora soy madre de alguien que sí puede encontrarte en un aula. Entre esas dos cosas hay mucho más que una ley: hay palabras que mi generación aprendió tarde y que deseo que la suya no tenga que aprender sola.
En la escuela aprendí muchísimas cosas. Pero hubo otras para las que no había palabras. Nadie me explicó demasiado sobre los vínculos, el consentimiento o las violencias que nos dejan marcas visibles en el cuerpo. Nadie me dijo que sentir miedo o incomodidad también podía ser una señal.
Muchas de esas cosas las aprendimos después. Algunas, tarde.
Tampoco recuerdo que habláramos de nuestros cuerpos como algo propio. De poder poner límites, pedir ayuda, entender que no existe una sola manera correcta de ser, de querer o de habitar el mundo. Y cuando algo no tiene nombre, muchas veces cuesta más reconocerlo.
Hoy soy madre y quiero poder hablar con mi hijo. Quiero que en casa haya preguntas que se puedan hacer sin vergüenza y respuestas que no juzguen. Quiero escucharlo, acompañarlo y también poder decirle cuando no sé.
Pero no quiero que todo dependa de mí.
No quiero que reconocer una violencia, entender qué significa consentir, respetar el cuerpo de otra persona, poder nombrar el propio o tener herramientas para pedir ayuda dependa de la suerte de haber nacido en una familia que pueda, quiera o sepa hablar de esas cosas.
Las mamás también llegamos con nuestras historias, nuestros silencios y nuestras propias cosas sin resolver. Queremos cuidar, pero no siempre sabemos cómo. Y un derecho no debería depender de que las personas adultas tengamos todas las respuestas.
Por eso necesito que estés también en la escuela, que exista un lugar común donde todes puedan acceder a esas herramientas. Para que haya otra persona capaz de escuchar. Para que aquello que en una casa no se puede preguntar encuentre otro espacio donde sí.
A veces pienso cuánto hubiera cambiado para mí haber tenido antes ciertas palabras. Hay una diferencia enorme entre atravesar la vida sin herramientas y hacerlo sabiendo que tenemos derechos, que nuestro cuerpo nos pertenece, que podemos decir que no y que podemos pedir ayuda.
Yo llegué tarde a muchas de esas conversaciones.
Mi hijo, y quienes crecen junto a él, no tienen por qué hacerlo.
Por eso, ESI, gracias por haber llegado. Gracias por poner palabras donde antes hubo silencios.