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Una carta sobre las palabras que nos faltaron y los derechos que hoy habitamos. 

Para mis futuros alumnxs escribo estas palabras de reflexión en el marco del espacio de Educación Sexual Integral del profesorado de educación secundaria en Economía, con la mirada puesta en ustedes, pero también en mi propio recorrido.

Mientras pensaba cómo armar este escrito, me volqué a mi niño interior, sobre mi adolescente interior, sobre aquel  que transitó la escuela secundaria entre silencios, ausencias y al margen de mis demás compañerxs. En todo mi trayecto por el espacio de ESI me pregunté siempre al final de cada clase ¿qué hubiera pasado si la ESI hubiese formado parte de mi trayectoria escolar? 

Una de las razones fundamentales por las que hoy decido estudiar para ser profesor es, precisamente, para poner fin a aquellas injusticias que atravesé cuando fui estudiante: estereotipos de género, ideas estáticas y expectativas compartidas que asignan roles y comportamientos rígidos a las personas en función de su sexo biológico. Mas aún, si la cultura escolar y los materiales que utilizamos, reforzaban de manera sistemática ciertos modelos que asociaban la autoridad, el trabajo y el espacio público -por ejemplo- solo a lo masculino, y esto hacía invisibilizarnos. 

Hoy puedo decir abiertamente que soy gay. Lo digo y lo siento con orgullo, porque mi orientación sexual forma parte de mi identidad y comprendí que no debo ocultarla. Sin embargo, para llegar a este lugar de afirmación, tuve que atravesar un camino de construcción que me llevó casi treinta años. Y cuando el reconocimiento de quien uno es tarda tanto en llegar por falta de un entorno que lo valide, lo respete, en el camino se pierden muchas cosas. 

Quienes crecimos al margen de la norma heterosexual obligatoria sabemos lo que significa perder «el primer beso» en la adolescencia, guardar en secreto a quién nos gusta, o modificar nuestra forma de hablar, de vestir y de actuar solo para conseguir la aceptación de los demás. La heteronormatividad cultural nos robó el derecho a vivir los afectos a su debido tiempo, trocando el disfrute por el miedo al rechazo o la marginación. 

Por esto es que debemos valorar estos espacios donde se desenvuelve la ESI, ya que nos brindan herramientas críticas para comprender que el género no es una consecuencia biológica automática, sino una práctica social incesante y performada, El género no se «hace» en soledad; se construye siempre en relación con un «otro» e implica también el reconocimiento.  

 

La ESI nos corrió de aquella vieja escuela que solo entendía el cuerpo desde una biología mecanicista o desde la prevención y las enfermedades de transmisión sexual, para empezar a concebirlo como un territorio socio-histórico, político y afectivo. Nos invita a desnaturalizar los mandatos rígidos de género y a ubicar a la afectividad en el centro de la escena educativa. Mirando hacia atrás, pienso cuánto me hubiera gustado que mis compañerxs y yo hubiéramos dispuesto de este espacio para construirnos de una mejor manera, aprendiendo a tratarnos desde la empatía, el cuidado y el respeto por la diversidad del otro.

Frente a los embates de la derecha que buscan desfinanciar, restringir o estigmatizar los contenidos de género y ESI bajo consignas conservadoras, discriminatorias y estigmatizantes, reafirmo la vigencia del rol democratizador de la escuela. En un contexto donde se promueve la desinformación y el retroceso en materia de derechos conquistados, la práctica docente no puede refugiarse en la neutralidad. Garantizar la ESI es un deber ético y profesional que resguarda a nuestros y nuestras estudiantes de las violencias, la discriminación y las desigualdades. Defender la vigencia plena de la ley es asegurar que el aula siga siendo un espacio seguro, crítico y transformador frente a los discursos de odio o exclusión.  

Por todo esto, mi compromiso como docente en formación no es neutral. Asumo la educación como un acto de justicia y de resguardo de derechos. Deseo construir un aula donde ningune de ustedes tenga que esconder su identidad, amortiguar su afectividad ni pedir perdón por ser quien es. Quiero ser el docente que a mí me faltó, aquel que les garantice que la escuela es un lugar seguro para florecer a tiempo, con libertad, dignidad y los aloje respetuosamente desde la ternura.